Recuerden de todo lo dicho, que deben aprender a trabajar con la Luna, la imaginación, pero dentro de la pureza (de hecho la Luna en su mas alto sentido espiritual, está unida a la pureza de la imaginación); con el fuego y la luz del Sol, con el amor desinteresado de Venus y, en fin, con la justicia de la cruz, la tierra, para llegar a la realización perfecta.

Mercurio es así el símbolo del ser perfecto, en el que la circulación de las dos corrientes tiene lugar dentro de tal equilibrio y tal armonía, que le hace como flotar en la paz y le permite convertirse en un centro radiante capaz de orientar a las criaturas hacia el bien.

Cuando la Luna no está dirigida por Marte y el Sol, empuja a los seres humanos a la indolencia, a buscar pretextos para no hacer nada, delegar todo a los aparatos, a las máquinas que les ahorran todo tipo de esfuerzos. Por el contrario, el símbolo de Mercurio nos enseña que la actividad y el esfuerzo son absolutamente indispensables. No es malo en sí el disponer de máquinas y aparatos, pero a condición de que se limiten a liberar al hombre de las tareas materiales para que pueda permitirse una nueva actividad de índole espiritual, un trabajo gigantesco basado en la voluntad y la imaginación, para crear obras divinas.

Desgraciadamente, por el momento no es esta la forma de trabajar imperante entre los humanos: ellos querrían eliminar al Sol y a Marte, es decir, al esfuerzo y la actividad que son tan esenciales, para quedarse únicamente con la Luna y Venus. Ellos ignoran que esta actitud constituye el camino mas apropiado para la propia decadencia.

Me parece que aún no les he dicho nada, aunque en realidad ya se los he dicho todo. Están delante del océano, están delante del Cielo, deberían estar colmados. Pero si siguen igual que antes, es porque uno sólo puede recibir cuando está ya preparado para hacerlo, y esto no deja de ser triste.

Pero al venir a alimentarse de esta atmósfera, de este amor, de estos cantos, de esta luz y estos conocimientos, están ya avanzando y, algún día, serán capaces de emprender realizaciones fantásticas. Aunque ahora no comprendan nada, continúen, pues siempre hay algo de luminoso inscrito en ustedes.

Omraam Mikhaël Aïvanhov,
Sèvres, Diciembre 27, 1970.

Obras Completas, vol. 14. “Amor y Sexualidad, Parte 1″.
Cap. 2, El Caduceo de Hermes.