La piedra blanca: El secreto de la vida eterna (Parte 1/4)

«Después de haber hablado así, Jesús levantó los ojos al Cielo, y dijo: «Padre, ¡ha llegado la hora! Glorifica a Tu Hijo, para que Tu Hijo Te glorifique, porque Tú le has dado poder sobre toda carne, para que conceda la vida eterna a todos aquéllos que Tú le has dado. Pues la vida eterna es que Te conozcan a Ti, único Dios verdadero, y a aquél que Tú has enviado, Jesucristo.»

De todos los religiosos y los espiritualistas que han meditado sobre estos versículos del Evangelio de San Juan, y en particular sobre el último, algunos se han preguntado lo que significaba esta extraña relación entre conocer a Dios y tener la vida eterna ¿Cómo puede el conocimiento dar la vida eterna? ¿Qué relación existe entre lo que aprendemos en la vida de todos los días y la vida que nunca se acaba? Otros han pensado que «conocer a Dios», no es sino una forma de hablar que no esconde nada difícil, que para conocer a Dios basta con leer obras religiosas, filosóficas, gnósticas, cabalísticas, aiquímicas, en las que se explican sus cualidades, sus poderes, cómo creó el mundo… que Dios es amor, sabiduría, verdad. Justicia, y que eso basta para comprender este texto.

Para poder conocer las cosas, es preciso que algunos elementos en nosotros vibren en acuerdo, en armonía con aquello que queremos conocer. Si no estamos perfectamente preparados, es decir, si nuestro corazón, nuestro intelecto, no se encuentran en un cierto estado, aptos para responder a las vibraciones interiores y exteriores, no hay posibilidad de conocimiento.

Pretendemos querer conocer a los seres invisib1es, muy evolucionados, pero eso es imposible mientras no sepamos responder a las vibraciones que ellos producen. Al contrario, si nuestro pensamiento sabe vibrar en armonía con estos seres, los conoceremos inmediatamente.

Si dos pianos están perfectamente afinados y sintonizados, cuando damos una nota en uno de ellos, la misma nota resuena en el otro piano. Lo que responde a la nota que hemos dado, eso es el conocen lento. Si no sabemos vibrar en sintonía, no podemos conocer.

Conocer a Dios, no es otra cosa que poder vibrar al unísono con Él, en perfecto acuerdo, con sus pensamientos, sus sentimientos y sus acciones… Y como Dios es eterno, nos volvemos como Él, eternos. Este conocimiento se convierte entonces en la vida eterna, el más alto estado de conciencia.

París, Diciembre 3, 1938

(Continúa…)

Omraam Mikhaël Aïvanhov
Obras Completas Vol. 4, La semilla de mostaza
Cap. 1, «La vida eterna es que Te conozcan, a Ti, único Dios verdadero…»

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